¿Sabemos evitar conflictos?

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Siempre he mantenido que si alguien quiere observar o simplemente ver un conflicto, sólo tiene que juntar a dos personas y esperar a que hablen el tiempo suficiente. Y se cumplirá la “ley de inversión de los conflictos” que dice que cuanto más se conozcan esas personas, menos tiempo habrá que esperar. Es condición humana.

El sentido común que suele ser el menos común de los sentidos o por lo menos el menos escuchado, nos aconsejaría cómo actuar “sensatamente” en caso de conflicto. ¿Y qué nos diría ese sentido común?

Probablemente nos diría que hay que desarrollar la Inteligencia Emocional y que ésta, consiste en reconocer y mantener el control adecuado de las emociones, sea cuales fueren las circunstancias que concurran.

En muchos casos, también nos diría que posiblemente tengamos que cambiar de hábito de conducta, y que cambiar un hábito, requiere reconocer que no se tiene la costumbre adecuada y que habrá que actuar con voluntad, perseverancia y paciencia. Por lo que habrá que:

  • Mantenerse tranquilo cuando otros estén furiosos y pierdan la cabeza. No se trata de no demostrar el malestar o las emociones que se sientan, sino de hacerlo mesuradamente (aquello de la asertividad), sin después tener que arrepentirse de una palabra inadecuada o de una acción realizada en un momento de descontrol.
  • Reconocer que cada discusión tiene al menos tres puntos de vista: el propio, el del otro y el de terceros espectadores, los cuales probablemente estén más cerca de la objetividad. Siendo más versátil y viendo las cosas desde la perspectiva de los demás, se enriquecerá el punto de vista propio. No conviene dejarse dominar por los prejuicios.
  • Hay que esperar a calmarse antes de hablar. Se debe tener en cuenta que la relación es más valiosa que la discusión. Son más importantes las personas que las opiniones. Conviene recordar que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras.
  • Tratar a toda persona con la cual se tenga contacto, como si fuera alguien a quien se quiere muchísimo. Nunca hay que arrepentirse de tratar muy bien a los demás. Es el mejor negocio en todos los sentidos.
  • Buscar el lado positivo y agradable, incluso en las situaciones más complicadas y dolorosas. Es una disciplina que ayudará a pasar más fácilmente los momentos difíciles, y a convertir los problemas en oportunidades. Aquello de la proactividad.
  • Establecer el hábito de hacer preguntas y, sobre todo, de escuchar las respuestas. Preguntar antes de reaccionar. La mayoría de las veces se actúa al estilo guardia civil de antaño, primero se dispara y luego se pregunta ¿quién va? Se disparan los reproches y recriminaciones y después se pregunta. En algunas ocasiones, sí se pregunta, aunque con el objetivo de contraatacar, y no para tratar de entender.
  • Tratar de no hacer o decir nada que pueda herir o hacerle daño a otra persona. Las personas no recuerdan tanto lo que se le dice o se le hace, sino el cómo se le dice y la intención con la que se hace.
  • Ser consciente de la diferencia entre análisis amigable y crítica destructiva. Es conveniente que antes de hablar, se analice si el propósito de las palabras es ayudar, desahogarse o hacer daño. En la mayoría de las ocasiones, los aparentes simples desahogos, acaban en reproches y descalificaciones a la otra persona, por la falta de autocontrol y las ganas de devolver el daño sufrido.
  • Tener presente que si se tolera a los demás, ellos también serán pacientes con nosotros en los aspectos no muy gratos de nuestra personalidad. Aquello de quid pro quo (algo a cambio de algo).
  • Hay que saber reconocer los errores propios y aceptar la responsabilidad. No olvidar que un conflicto bien manejado fortalece la relación porque ayuda a aprender de las diferencias. No todos somos iguales ni vemos las cosas de la misma forma. Aceptar esta diferencia desarrolla un carácter amigable.
  • Hay que disculparse cada vez que “se mete la pata”, y una verdadera disculpa consta de tres partes, como muy bien explicó Randy Pausch:
    1. lo siento,
    2. fue mi culpa/responsabilidad y
    3. ¿cómo puedo arreglarlo?

Es curioso, pero esta última parte nadie suele mencionarla y sin ella no existe una verdadera disculpa. Practicar esta forma de disculparse y observar las reacciones de los demás.
Puede que sorprenda la gratitud que provoca una disculpa auténtica.

  • Hay que subsanar las ofensas realizadas, destacando cinco cualidades de la otra persona. Nadie sabe la profundidad ni el alcance de las heridas causadas con una ofensa, y ya no digamos con una agresión, y sólo me refiero a las verbales.
  • En cualquier caso, la decisión de cómo se sentirá uno, depende de sí mismo. No se puede culpabilizar a los demás de las emociones propias, porque es conceder a otros un poder que nadie tiene. Aunque es más fácil culpabilizar a otro de las emociones negativas sentidas, que asumir la responsabilidad propia sobre ellas. Es una forma de disculpar las consecuencias negativas.

Y todo esto no quiere decir que haya que ser angelical o perfecto. Que todos nos equivocamos muchas veces, pero que si no aprendemos de nuestros errores no evolucionamos, y entonces es seguro que volveremos a repetirlos.

Quizás convenga practicar estilos nuevos de comportamiento y/o actitud, para probar nuevas posibilidades de evitar conflictos, y si ya se está metido en uno, mejores soluciones que nos saquen de él.

Francisco Helguera
COACH – Formador

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