¿Es un buen jefe?

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Esta cuestión deberían planteársela muchos jefes que dirigen a sus equipos convencidos de que son unos genios de la gestión. Un ejercicio de humildad muy recomendable, es averiguar qué piensan sus subordinados, cómo le sufren y qué cambiarían de su forma de trabajar.

¿Qué diferencia a los buenos jefes de los malos? Muchas cosas, es cierto, aunque una de las más importantes es que los buenos jefes son humildes, reconocen sus imperfecciones y escuchan a todos los que tienen a su alrededor: compañeros, superiores y subordinados.

El coste de los responsables ineptos o muy agresivos es enorme, sus equipos trabajan más torpemente, cometen más errores e incluso sufren más problemas cardiacos. Y por supuesto, suelen tener un estrés más elevado.

Para evitar la proliferación de los gestores nefastos, toda persona que tenga un grupo de profesionales a su cargo debería responder a las siguientes preguntas:

– ¿Qué sorprende más a mis colaboradores de mis actos y estados de ánimo?
– ¿Qué opino de mi propia competencia y humanidad/compasión?
– ¿Cómo reacciona mi equipo a las grandes y pequeñas cosas que hago?
– ¿Querrían trabajar de nuevo conmigo?
– ¿Es motivador o desmotivador trabajar para mí?

Si se recopilaran todas las respuestas, alguno se sorprendería y probablemente más de uno se desmoralizaría. Como la mayoría de los seres humanos, los directivos no suelen ver sus fallos y se consideran mejor que los demás. Éste es el peor y más grave de sus errores: la soberbia y la prepotencia. Todos vemos los “culos” ajenos, aunque nos cuesta ver el nuestro.

En este caso, conviene pues “acallar al jefe estúpido que pueda llevar dentro”. Por ejemplo, si descubre que sus colaboradores le consideran un directivo tóxico, acepte la incómoda verdad, admita las críticas y no mate al mensajero.

Si su radiografía muestra que es un experto en presionar hasta el límite, en nombre de la productividad y los objetivos, aprenda a frenar. Las consecuencias de exigir sin medida pueden ser nefastas. Diseñe con su equipo un plan de trabajo que permita alcanzar las metas, sin descuidar las características y necesidades de cada colaborador. Y recuerde que con un trato excesivamente agresivo, no podrá esperar mucha compasión o esfuerzo adicional cuando una situación lo requiera.

El mal humor y el “yo soy así” no tienen buena prensa, ni tan siquiera justificación. Si éste es su caso, busque las causas que motivan su estado de ánimo. Si consigue controlarlas, además de mejorar personalmente, conseguirá un acercamiento a sus colaboradores que se traducirá en nuevas propuestas y planteamientos. Hoy, la neurociencia ha demostrado que todos podemos cambiar a cualquier edad, debido a la plasticidad del cerebro. Estar de permanente mal humor es signo claro de baja resiliencia y reactividad. “Yo soy así” es una pobre excusa que caracteriza a los estúpidos.

En el caso de los jefes que tratan a sus empleados con altivez y menosprecio, muchas veces la causa de su comportamiento, es que imitan modelos de gestión de otros. En estos casos, es fundamental reconocer su debilidad y tratar de buscar, poco a poco y con la ayuda de todos, la mejor forma de actuar.

El desconocimiento de cómo ven los empleados a sus jefes, deja patente que la llamada soledad del jefe es real. Ejercer un puesto de mando implica un cierto aislamiento de los colaboradores.

Por este motivo, los jefes deben buscar vías de acercamiento y alejarse de los comportamientos que motivan la soledad:

1. El síndrome “clon”. Todos deben ser clones míos, pensar como yo. ¡Grave error! Es mucho más interesante y beneficioso contar con gente que lleve la contraria. Cuando todos piensan igual, sólo hace falta uno.

2. Pensar que dirigir es ser servido. Hay directivos que consideran que deben ser servidos, cuando realmente dirigir significa servir. El jefe ha de suministrar al equipo la energía que impulsa a la acción y debe también conseguir que ésta se mantenga en el tiempo. No sirve de nada un jefe-genio rodeado de sirvientes.

3. No tener disciplina y humildad. La disciplina es necesaria en el jefe para conseguir los objetivos, afrontar la adversidad, persistir en la búsqueda del conocimiento, descubrir las posibilidades, y especialmente, para explotarlas… También la humildad, que es la capacidad de cultivar lo que se quiere y de cultivarse a sí mismo.

4. Ser ingrato y no reconocer méritos ajenos. Un directivo no debe nunca olvidar que dirige voluntarios. El liderazgo, y esto es lo que le diferencia claramente del jefe/mando, es la capacidad de dirigir el estado motivacional de los individuos del equipo. Como la motivación está en cada uno de ellos, la responsabilidad del jefe es generar los estímulos adecuados y personalizarlos.

5. No entender que evaluar es ayudar al desarrollo. Dirigir no es sólo dar órdenes, no es ejercer autoridad y medir el grado de cumplimiento y ejecución de las órdenes dadas, sino que tiene mucho que ver con enseñar, educar, formar, y con facilitar el desarrollo de los colaboradores.

Y usted, estimado lector ¿qué tipo de jefe es?

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