Coaching versus estrés

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En el mundo de las empresas se vive un proceso de incesante cambio y transformación. La cantidad, profundidad y vertiginosidad de los cambios, es de tal dimensión, que presupone un continuo proceso de adaptación personal, que conlleva no sólo una permanente actualización de los conocimientos y capacidades profesionales, sino que implica también un aprendizaje en niveles más profundos de los individuos, que abarcan las formas de relacionarse, de resolver conflictos, de tomar decisiones, de administrar el tiempo o de gestionar sus emociones.

¿Qué pasa cuando no se logra la adaptación a los cambios?, ¿qué sucede cuando los desafíos que plantea el quehacer laboral superan la capacidad de actuar en consecuencia? Cuando esto acontece, muchas veces las personas entran en situación de estrés. El estrés ha sido calificado como la epidemia del siglo XXI.

A todos nos ha ocurrido en alguna ocasión en que hemos ido conduciendo tranquilamente, y de repente se produce una situación de peligro. De forma instantánea, se pasa de la tranquilidad de conducir relajadamente, a actuar de manera rápida y enérgica para evitar la colisión. En un instante, el cuerpo en estado de alerta, está preparado para actuar con la máxima rapidez y efectividad.

Pasado ese momento de peligro, cuando nos comenzamos a tranquilizar, lo más probable es que se detecten algunas señales corporales como un leve temblor en las manos, la respiración acelerada en la parte alta del pecho, tensión muscular, taquicardia o sensación de ahogo. Todos estos síntomas corporales, son el resultado de la descarga de adrenalina que libera el cerebro de forma automática ante una señal de peligro.

Se puede revivir las mismas sensaciones psicológicas y fisiológicas, cuando se tiene que presentar una propuesta en una reunión de directivos o con un cliente, o cuando se plantean cambios importantes en el trabajo o en la vida personal, o cuando se tiene que negociar un contrato o una situación laboral, etc.

No importa cuál pueda ser la situación, lo que importa es si se vive como una “situación de estrés”. No es el hecho en sí mismo el que genera el estrés, sino la interpretación subjetiva de cada individuo, de que una determinada situación puede acarrear algún tipo de “peligro” o que no se sabe cómo actuar debidamente ante ella.

El problema surge en los casos en que las situaciones de desequilibrio se presentan en forma persistente y continuada, como algo con lo que se tiene que convivir de forma cotidiana y habitual. Cuando se percibe el entorno, laboral o personal, como un escenario de riesgo permanente, el estrés prolongado puede generar una serie de síntomas y posteriormente trastornos físicos y psicológicos.

Este estrés se produce por la reacción del organismo a una “señal de peligro” de baja intensidad pero de larga duración. Una de las consecuencias de este estado de alerta permanente, es que afecta el sistema inmunológico, bajando las defensas naturales y, por lo tanto, dejando expuesto al organismo a contraer enfermedades.

Cuando las personas sienten que se les dificulta adaptarse a los desafíos del cambio permanente, cuando la efectividad en su desempeño está por debajo de los niveles requeridos, cuando se ven obligados a competir en forma excesiva, cuando no logran un desarrollo profesional acorde a sus expectativas o cuando ven amenazada su estabilidad laboral o personal, lo más probable es que se genere una tensión emocional continua, y comiencen a manifestarse síntomas de agotamiento físico y que esto conduzca a la crisis personal y posiblemente a una enfermedad.

En estos momentos, la mejor opción es pedir ayuda profesional. La figura que emerge como la más idónea e indicada para asistir estos procesos de aprendizaje y cambio, es la del coach.

El coach es una persona entrenada para detectar las áreas de dificultad o las “barreras invisibles” que obstaculizan el crecimiento o dificultan el desempeño. Su rol es acompañar y facilitar el desarrollo de las potencialidades de las personas, ayudando a superar las trabas y resistencias que limitan su proceder y dificultan la consecución de sus objetivos.

El coaching es un proceso consecuente que facilita el aprendizaje y promueve cambios cognitivos, emocionales y conductuales que expanden la capacidad de actuación en función de la consecución de las metas propuestas.

En el coaching también se trabaja con la emocionalidad como predisposición para la acción. El coach acompaña a recorrer la tensión emocional, a superar la ansiedad e incertidumbre del cambio, a generar el estado anímico necesario para afrontar el nuevo desafío, y así poder realizar el proceso de aprendizaje que posibilite al individuo, efectuar las acciones necesarias que conduzcan a los resultados requeridos.

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