Pocos profesionales, muchos mediocres

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Un fenómeno que se está masificando es el de la mediocridad. Y lo que es peor, nos estamos acostumbrando a aceptarla como algo normal, por cotidiana. Y es que a menor nivel de exigencia o mayor conformismo del cliente, se incrementa notablemente el abuso y descaro de los mediocres.

Falta de profesionalidad, poco pundonor, menos vergüenza y ninguna educación, son características comunes de estos pseudoprofesionales (sería ofensivo para los profesionales calificar a estos especímenes como tales), que anegan empresas y negocios de este país.

Voy a hablar del común de los mortales (hoy consumidor o consumer, según quién hable o escriba) de esta piel de toro, que si observa a su alrededor verá o vivirá situaciones tales, como el camarero que tarda una eternidad en acercarse a una mesa para preguntar que se desea, al que se le piden dos consumiciones y sólo trae una porque la otra se le ha olvidado por el camino, o que vuelve al cabo de un tiempo para preguntar que se le había pedido porque no lo recuerda.

A este pseudoprofesional no se le puede pedir que traiga las consumiciones en una bandeja porque no sabe utilizarla. Traerá las consumiciones en la mano (dando varios viajes según el número de consumiciones de una mesa), cuando no traerá un café cogiendo el platillo con ambas manos como si fuera el volante de un coche imaginario, para que no se le derrame el contenido de la taza (supongo que por no tener desarrollado el sentido del equilibrio o por falta de pericia). De la calidad del producto solicitado, excepción hecha de los productos envasados (refrescos, agua, etc), mejor no comento nada. Y si no, pruebe el lector a pedir café expresso o té negro. Eso sí, el precio de la consumición, en demasiados casos, será de hotel de lujo o menú en el extinto Bulli de Ferran Adrià.

Aquellos profesionales de cualquier sector, que conocían su producto y competencia a la perfección, sabían lo que hacían y trataban bien a sus clientes, son especie a extinguir. Hoy son jóvenes contratados temporalmente, que en muchos casos, están más pendientes de su móvil o de los amigos, que de su trabajo; eso cuando no dan la espalda directamente o concentran la mirada en un ordenador, para desentenderse de los clientes. Entre el lector en una tienda de una gran empresa de telefonía o en algunos grandes almacenes y observe.

Estos pseudoprofesionales existen en ocasiones, por circunstancias del mercado laboral; siendo hoy dependientes, un mes más tarde carpinteros, dos meses después albañiles, y si se tercia, mecánicos, fontaneros, camareros, comerciales o lo que surja; no teniendo tiempo ni oportunidad para profesionalizarse en nada. Otros, simplemente son producto de su incapacidad exponenciada por su descaro. Sencillo deducir el servicio que cualquiera de ellos presta o el trabajo que pueden realizar.

Mención especial para los teletextos y titulares de las televisiones, donde no hay día que no haya bailes de letras en sus noticias, o llamativas faltas de ortografía, propias de un niño de 7 años y no de un becario de Ciencias de la Información (me resisto a creer que los escriba un redactor experimentado). Los catedráticos llevan años quejándose del bajo nivel ortográfico y cultural de los universitarios.

No dejemos de lado al pseudoempresario (variante del pseudoprofesional) que hace contratos de 4 horas y exige 8 o 10 horas de trabajo diario, 6 días a la semana, pagando 2,5 € la hora (Diario Información 16/09/2016 noticia sobre la contratación en los hoteles con el servicio de limpieza).

Lamentablemente existen demasiados pseudoempresarios en muchos sectores, haciendo contratos miserables, con condiciones mezquinas, sin aportar formación, seguridad o condiciones dignas de trabajo.

No sirve de nada hablar de competitividad, excelencia o sinónimos similares, si no se desarrolla un plan de actuación serio para formar y profesionalizar a los que lo deseen, sancionar debidamente a los que abusen y expulsar del mercado al resto. Difícil reto este, en un país donde se premia la picaresca y se subvenciona la holgazanería. Debe quedar claro que con pseudoprofesionales será muy difícil salir de ninguna crisis.

No voy a comentar nada de los vendedores, que una vez que conocen a los clientes y el producto, creyéndose más preparados que su empresario, se lo “montan” por su cuenta usando los clientes del anterior y los “queman”, no dándoles el servicio requerido. Tampoco comentaré nada de aquellos formadores, que no habiendo vendido nunca, ni gestionado ningún departamento en ninguna empresa, ni dirigido persona alguna en su vida laboral, van de expertos gurús de la gestión empresarial y/o comercial. Ambos especímenes son exactamente lo mismo que el camarero que no sabe servir un café expresso y aún te contesta: “no sé hacerlo de otra forma”.

A todos estos pseudoprofesionales, ¿qué se les puede pedir?, que no sea que se dediquen a otra cosa. O como diría el difunto Fernando Fernán Gómez: “¡Váyase usted a la mierda señor!”

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